Tras 16 años de desconocimiento de su paradero, el 3 de septiembre de 1971, el cuerpo de Evita fue devuelto a Perón, en España, donde se encontraba exiliado. Durante la mayor parte de ese tiempo, había permanecido oculta en un cementerio de Milán. Esta es su historia.

El ocultamiento y el derrotero de su cuerpo tal vez sea uno de los capítulos más siniestros de la historia argentina y la antesala de lo que pasaría durante la última dictadura militar con muchos otros cuerpos.

Al momento de producirse el Golpe de Estado que derrocara al Gobierno del General Perón, el 6 de septiembre de 1955, el cuerpo de Evita se encontraba en el segundo piso del edificio de la CGT. Había sido llevado allí luego de 16 días de funeral, para terminar el proceso de embalsamamiento. Evita había muerto de cáncer el 26 de junio de 1952 a las ocho y veinticinco de la noche, y su cuerpo permaneció en custodia del doctor Pedro Ara, un famoso embalsamador español, quien trabajaba en ese delicado proceso único en su tipo en todo el mundo.

“Una y otra vez revisó los informes sobre los trabajos de conservación, que no habían cesado desde la noche de la muerte. El relato del embalsamador era entusiasta. Aseguraba que luego de las inyecciones y de los fijadores, la piel de Evita se había tornado tensa y joven, como a los 20 años. Por las arterias fluía una corriente de formaldehído, parafina y cloruro de zinc. Todo el cuerpo exhalaba un suave aroma de almendras y lavanda. El Coronel no pudo apartar los ojos de las fotos que retrataban a una criatura etérea y marfilina, con una belleza que hacía olvidar todas las otras felicidades del universo. La propia madre, doña Juana Ibarguren, se había desmayado durante una de las visitas al creer que la oía respirar”.  (Santa Evita, Tomás Eloy Martínez).

La Stampa, 29 de julio de 1952: «La linda cara pálida emerge de un mar de orquídeas blancas». El diario italiano publica un artículo a un par de días de la muerte de Evita, el 26 de julio de 1952.

Pero con la llegada de la llamada Revolución Libertadora (el golpe de estado del ‘55), las cosas se complicaron. Comienzan intensos debates entre los militares golpistas sobre qué hacer con el cuerpo, que por los procesos químicos a los que había sido expuesto, ya no podía volver “al estado original” para que siguiera el proceso de descomposición.

Esto significaba una gran contradicción por la condición de católicos de la que se jactaban los militares. Como la cremación no era permitida por la iglesia, la cristiana sepultura era la opción más viable. El problema era dónde y de qué manera. Había que evitar que la tumba de Evita se convirtiera en un centro de peregrinación popular.

El 16 de noviembre de 1955, Lonardi es desplazado del gobierno y asume Pedro Eugenio Aramburu, quien decide sacar el cuerpo del edificio de la CGT. La noche del 23 de noviembre, Moori Koenig, el jefe del Servicio de Inteligencia del ejército, junto a sus ayudantes, secuestran el cuerpo de Evita.

A partir de ese momento y por 16 años, el cuerpo de Evita permaneció en el misterio, para el pueblo y para Perón. Después de que el camión con el cuerpo saliera de la CGT, Evita peregrinó por una docena de lugares en Buenos Aires. En medio de la violencia instaurada por el golpe militar y la proscripción del Peronismo, allí donde el cuerpo se escondía, aparecían misteriosamente velas encendidas y flores, puestas por manos anónimas.

Esto inquietaba a los militares que la custodiaban, y hasta se hablaba de la existencia de un grupo llamado Comando de la Venganza, que día y noche buscaba desesperadamente el cuerpo de Eva Perón.

Moori Koenig fue quien durante todo ese tiempo estuvo a cargo de la operación, y rápidamente se obsesionó con el cadáver de Evita, al que movía constantemente de lugar para evitar ser descubierto. Incluso, la introdujo en una caja de equipos de radio y lo escondió en su propio despacho, como cuenta Rodolfo Walsh en su famoso cuento Una mujer, realizado tras una entrevista con el propio militar:

La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad. (Esa mujer, Rodolfo Walsh, 1966)

Una tragedia tras otra tocó a todos aquellos que tuvieron algo que ver con el ocultamiento del cuerpo: accidentes de tránsito, muertes, desgracias, locura. Cuenta Eloy Martínez que en una maniobra desesperada, Moori Koenig aceptó esconder el cuerpo de Eva en la casa de Eduardo Arancibia, un oficial del ejército que trabajaba con él, quien también se obsesionó con el cuerpo, y una noche pensando que entraban a llevárselo, le disparó a su mujer embarazada, provocándole la muerte. El cuerpo de Evita sufrió mutilaciones y vejaciones por parte de estos militares obsesionados con ella. Los efectos del embalsamamiento eran espectaculares, y todos los relatos concuerdan en que Evita parecía una muñeca de porcelana.

Moori Koenig fue destituido del cargo y en su lugar asumió Héctor Cabanillas, quien sería el responsable de la “Operación Evasión”. Aquí las versiones se entrecruzan. Algunos informes hablan de que el cuerpo peregrinó por Bruselas, Bélgica; por la Embajada de Bonn, en Alemania; por Roma, y por último, Milán.

Otras fuentes sostienen que este derrotero no existió y que fueron pistas falsas para ocultar el verdadero lugar donde fue sepultada, llevando a Bélgica, a Bonn y a Roma, cuerpos falsos de Evita de asombrosa exactitud.

— Entonces tenga cuidado — dijo el médico con sorna—. Porque cuando yo la pierda de vista, nadie tendrá manera de saber si ella es ella. ¿No me habló usted de una estatua de cera? Existe. Evita quería una tumba como la de Napoleón Bonaparte. Cuando se prepararon las maquetas, el escultor estuvo aquí, reproduciendo el cuerpo. Yo vi la copia que hizo. Era idéntica. ¿Sabe lo que pasó? Una noche regresó al taller y la copia ya no estaba. Se la quitaron. Él cree que fue el ejército. Pero no fue el ejército, ¿verdad?

— No — admitió el Coronel.  (…)

Abrumada por un fulgor que no le daba respiro, doña Juana desconfió de la realidad que iba dibujándose ante sus ojos. Lo primero que vio fue a una gemela de su propia hija yaciendo sobre la losa de cristal, tan idéntica que ni ella misma hubiera sido capaz de parirla. Otra perfecta réplica de Evita estaba tendida sobre unos almohadones de terciopelo negro, a los pies de un sillón en el que una tercera Evita, vestida con el mismo sayal blanco de las demás, leía una tarjeta postal eviada siete años atrás desde el correo de Madrid. La madre tuvo la impresión de que esta última respiraba y le acercó a los fosas de la nariz las yemas temblorosas de los dedos.

— No la toque — dijo el médico —. Es más frágil que una hoja de otoño.

— ¿Cuál Evita?

— Me alegro que no se dé cuenta de las diferencias. Su hija no está aquí. Acaba de verla en la tina del laboratorio. (Santa Evita, Tomás Eloy Martínez)

Ingreso del Cementerio Mayor de Milán


Operación Evasión

Operación Evasión, operación Traslado. No hay acuerdo sobre el nombre del procedimiento organizado por Cabanillas para llevarse definitivamente de Argentina el cuerpo de Evita. De lo que no hay dudas, es de la colaboración del Vaticano, y del propio Papa Pío XII en la logística del plan.

“La Iglesia les sugirió que debían presentar el caso como un «gesto humanitario de preservación» del cuerpo. Un gesto que buscaba de una «finalidad ética, moral», para que el cadáver tomara distancia de la posibilidad de una profanación o fuera víctima de las pasiones políticas.

Un oficial de inteligencia, el teniente coronel Gustavo Adolfo Ortiz, viajó a Roma y contactó al superior de la Compañía San Pablo, el padre Giovanni Penco. Comenzaron a obrar los oficios secretos. Al Superior de la Compañía se le ocurrió que Evita debía ser transportada bajo la identidad de una ciudadana italiana fallecida, que tenía la voluntad póstuma de ser enterrada en Italia”, escribe el historiador Marcelo Larraquy.

El 13 de mayo de 1957, Giuseppina Airoldi, una religiosa de la sociedad de San Pablo, fue  la encargada legal de enterrar en el Cementerio Maggiore de Milán, un cuerpo cuyo nombre era María Maggi de Magistris, una supuesta italiana nacida en 1910 y fallecida en febrero de 1951 en San Vicente, provincia de Buenos Aires. Todo inventado por los servicios de inteligencia. El oficial encargado de llevar el cuerpo a Italia fue el coronel Hamilton Alberto Díaz, presentado como «Giorgio Magistris», el viudo, aunque en el relato de Eloy Martínez figura como “Galarza”:

Así era como había comenzado el viaje. Galarza debían embarcarse con el cadáver el 23 de abril, en el Conte Biancamano. Fingiría ser Giorgio de Magistris, el viudo desolado de María Maggi. (…) Eran casi las siete de la tarde cuando Galarza llegó solo al puerto, en una carroza fúnebre. Lo esperaban, nerviosos, el cónsul italiano y un cura ya vestido con la estola del responso y la cenefa enlutada. (…)

En el puerto de Santos (Brasil), una delegación de la Sociedad Wagneriana depositó a bordo un largo baúl de madera con manuscritos de Toscanini. Eran anotaciones y retratos que el maestro había dejado a su paso por Brasil, setenta años antes. (…) Toscanini había sido enterrado con gran pompa el 18 de febrero, relató el capitán esa noche, durante la comida. Más de cuarenta mil personas esperaron el paso del cortejo fúnebre frente a la Scala de Milán. “Yo”, dijo “fui una de ellas. Lloré como si tratara de mi padre”. Después del responso, las puertas del teatro se abrieron y la orquesta de la Scala ejecutó el segundo movimiento de la Eroica.

Siguiendo el relato de Eloy Martínez, cuando llegaron al puerto de Génova, un grupo de soldados esperaban el baúl del maestro Toscanini, y cuando la caja con el cuerpo de Evita se deslizó por la cinta rodante desde la bodega, creyeron que se tratara del mismo. Alzaron la caja, la depositaron en una carroza, y en el medio de la muchedumbre, comenzaron a alejarse. Galarza gritaba desesperado pero nadie lo escuchaba.

Después de un rato, el cajón reapareció en los almacenes generales. Antes de que pudiera acercarse al ataúd que casi había perdido, el cura salió de algún lugar que estaba oculto por la carroza y le puso una mano en el hombro. Galarza se lo quitó de encima con el codo sano y, al volverse, tropezó con una expresión beatífica.

— Lo estábamos esperando — dijo el cura— . Soy el padre Giulio Madurini. Qué le parece lo que ha pasado. Por poco se arruina todo.

Hablaba con un acento argentino impecable. Galarza sospechó.

— ¿Dios? — le dijo. Los del Servicio habían decidido usar la misma contraseña del Coronel, que era también la del Golpe contra Perón.

— Es justo —  respondieron el cura y las monjas a coro, con el tono de los que rezan las letanías.

Las pólizas de embarque decían que la difunta debía ser entregada a Giuseppina Airoldi, en via Mercali 23, en Milán. La hermana Giuseppina ya estaba allí con el grupo, y comenzaron el viaje hacia la capital lombarda. Durante los siguientes 14 años, la Hermana “Pina” llevó flores a la tumba de Evita en Milán, aunque nunca reconoció conocer la verdadera identidad.

Dice un artículo publicado en La Stampa, el 9 de septiembre de 1971: 

Según lo que ha declarado la monja laica Giuseppina Airoldi de 64 años, perteneciente a la Orden de las Paulinas de Via Lattuada 14, María Maggi debía haber nacido a Dalmine (Bérgamo): su padre se llamaba Calogero Maggi, su madre Iris Rossi. Había muerto en Santa Fe el 23 de febrero de 1952. Fue la propia Giuseppina Airoldi a ocuparse del traslado del cuerpo en el 1957 bajo presión de un alto prelado y de un sacerdote. Una rápida investigación en el Anágrafe de la ciudad de la zona de Bérgamo he permitido de averiguar que no ha existido jamás una María Maggi ni tampoco un Calogero Maggi, ni una Iris Rossi.

Giuseppina Airoldi, que se encuentra actualmente en un pueblo en el Trentino, no dudó en contar lo que se le había ordenado hacer en 1957: “Había vuelto de Argentina – dijo la monja laica- y estaba en Roma cuando un prelado me dice de ponerme en contacto con don Penco, padre espiritual de la Obra Cardenal Ferrari de Milán, que tenía que hacerme un encargo de confianza. Llegada a la capital lombarda – prosigue la Airoldi- hablé con don Penco, muerto unos años atrás por un tumor en la garganta, y me presenta un sacerdote de Nerviano que me dio los documentos para hacer trasladar a Milán desde Santa Fe el cuerpo de la señora María Maggi. No sabía que los restos mortales eran los de Evita Perón”.

Resulta entonces que la monja paulina se ocupó del caso: Giuseppina Airoldi es convocada a Milán a finales del pasado agosto para restituir el cuerpo al autoproclamado hermano, Carlos Maggi, que el 2 de septiembre la llevó a Madrid”.

Evita vuelve a la luz

El 29 de mayo de 1870 fue secuestrado Eugenio Aramburu, el responsable de la desaparición de Evita en el golpe del ‘55. Nacía la organización Montoneros, y luego de un “juicio popular” al militar, fue fusilado acusado entre otras cosas, de ser el responsable del secuestro y desaparición del cuerpo de Evita.

Aramburu aseguró que Evita había recibido una sepultura cristiana, pero no dio más precisiones. La Agrupación Montoneros comenzó rápidamente investigaciones para recuperar el cuerpo, al igual que José Rucci, el actual jefe de la CGT, quien había viajado a Milán varias veces en busca de información sobre el paradero del cuerpo. Ambas facciones del peronismo, buscaban devolverle a Perón el cuerpo de su esposa.

Pero los militares se les adelantaron, y en marzo de 1971, el actual presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse, decide restituir el cuerpo en una negociación política con Perón.

El padre Rotger, el contacto argentino con el Vaticano, se comunicó con padre Giulio Madurini, de la Compañía San Pablo, (Padre Penco había muerto en 1965), y dos oficiales de inteligencia lo visitaron ese mismo año para preparar todo.

El 1 de septiembre de 1971, Héctor Cabanillas -el mismo que había escondido el cuerpo- se presenta en el Cementerio Mayor de Milán bajo el nombre falso de Carlo Maggi, supuesto hermano de María Maggi. El cadáver es exhumado, llevado a Madrid y entregado al General Perón. El camión, por ironía del destino, llegó a Puerta de Hierro, la residencia de Perón, a la exacta hora en la que 19 años antes, María Eva Duarte de Perón, había muerto: las 20:25. Tuvieron que esperar afuera un rato, para que en los registros de la casa, no quedara asentada esa coincidencia.

Cementerio Maggiore de Milán.

Con la exhumación del Cementerio Mayor de Milán, la tumba de María Maggi desaparece, pero en 2005  se autoriza la colocación de un memorial en su honor. Como en cada lugar por donde el cuerpo de Evita pasó, todavía hoy personas anónimas le rinden homenaje con flores y velas.“Ya se acabó la noche y está cerca la aurora. El día de los pueblos está por nacer entre nosotros. Llegará tal vez envuelto en sangre y dolor, pero llegará”, reza la lápida vacía, pero siempre llena de flores.

Fuentes

*EL DERROTERO DEL CUERPO DE EVA, Museo Evita Link

*Santa Evita, Tomás Eloy Martínez, Seix Barral, 1995

*Esa Mujer, Rodolfo Walsh, 1967 Link 

*La Stampa, 9 de septiembre de 1971

*El secuestro del cadáver de Eva Perón: el accidentado viaje de una tumba sin paz, Marcelo Larraquy, Infobae, 22 de Noviembre de 2018 Link